
A ella la llamaban la Princesa de Hielo por sus aires distantes y la manera en que mantenía a raya a los chicos. Lo cual se debía más al miedo que al hecho de que se sintiera superior. Y en ese momento, no le faltaban razones para tener miedo, ya que no era difícil imaginar lo que podría presumir cualquiera de los muchachos al haber tocado las nalgas desnudas de Robin Medford al intentar salvarla.
Así que decidió que era mejor que ocurriera sin audiencia y con un chico discreto. Aunque pensaba que incluso Jacob rompería su silencio para hablar del acontecimiento.
Pero fue en ese momento cuando vio que Jacob iba a tocar con sus grandes manos sus piernas desnudas.
Ella miró nerviosamente sus ojos azul oscuro. El chico no se estaba riendo de ella, ni tampoco la miraba con deseo. De hecho, parecía verdaderamente preocupado. Ella tragó saliva.
Su voz tembló al contestar a su pregunta.
– Sí, por favor.
Las manos de Jacob tocaron su tobillo con suavidad. Su mejilla estaba muy próxima al ombligo de ella, bajo el agua.
Robin miró hacia el cielo pálido, donde una luna en cuarto menguante trataba de brillar a pesar del sol de medianoche que flotaba sobre las lejanas montañas. Ella trató de fingir que aquello no estaba sucediendo.
La mejilla de Jacob rozó su vientre. Robin respiró hondo mientras notaba una extraña sensación a lo largo de sus caderas. La presión de la rama del árbol disminuyó por un instante, pero luego volvió. Robin sintió de nuevo el dolor.
– Lo siento -dijo Jacob después de salir a la superficie.
Ella hizo un gesto negativo.
– No te preocupes.
Robin se daba cuenta de que él estaba tratando de ser amable. Al ver su torso desnudo, se preguntó si no sería mejor sufrir un ataque de hipotermia. Nunca iba a poder olvidarse de aquello.
