
Le dolía un poco el pie que tenía atrapado, pero estaba segura de que no era nada serio. Además, como el agua estaba muy fría, era como si se hubiera puesto hielo. Lo movió hacia la izquierda y no sintió nada. Lo hizo hacia la derecha, y tampoco.
Bajó la mano por la pierna hasta encontrar las ramas. Se dio cuenta de que no podría agarrarlas sin hundir la cabeza, así que se sumergió y tiró de la rama que la tenía atrapada con todas sus fuerzas.
La rama no se dobló ni se quebró. Robin sacó la cabeza y se limpió los ojos.
¿Debería pedir ayuda? ¿No sería el momento más divertido de su último año?, pensó, imaginándose a los ocho muchachos nadando alrededor de ella desnudos, tratando cada uno de ser el héroe que la liberara. Robin se estremeció.
¿Cuánto tiempo tardaba una persona en sufrir una hipotermia, estando inmersa en agua helada? No podía recordar lo que su manual de primeros auxilios decía. Como normalmente recordaba todo, se preguntó si aquello sería una señal de que su cerebro se estaba congelando.
Pero seguramente estaba exagerando, se dijo. A pesar de que empezaba a tener carne de gallina y a sufrir escalofríos, estaba segura de que no corría un peligro inminente de congelación.
Se sumergió una vez más y usó las dos manos para liberar su pie. Pero cuando salió a la superficie, se dio cuenta de que no había conseguido nada y soltó una maldición.
– ¿Necesitas ayuda?
Casi dio un grito al oír la voz masculina que oyó a su espalda.
Al volverse, descubrió que se trataba de Jacob Bronson. Un muchacho larguirucho y de hablar lento, que procedía de una de las familias más pobres de la localidad. Llevaba siempre unos vaqueros demasiado cortos y faltaba a clase más de lo que iba porque tenía que trabajar en un terreno miserable que su padre llamaba granja.
– Oh -exclamó ella.
Era bastante evidente que necesitaba ayuda y no pensaba que Jacob fuera peligroso. Quizá intentara algo, pero también lo harían Seth o Alex, si les diera la oportunidad.
