
Por un momento, fue como si hubieran viajado en el tiempo a la noche de antes de la graduación. Habría jurado que podía oír el murmullo del agua y oler el perfume a limón de ella, que podía sentir de nuevo su piel húmeda, suave y caliente bajo sus manos.
De repente, se abrió la puerta de cristal, dando un golpe.
– ¿Robin? -gritó Connie, su hermana mayor-. Hola, Jake. ¿Has terminado de trabajar por hoy?
Jake apartó los ojos de Robin e hizo un esfuerzo por borrar los recuerdos. No había vuelto a aquella playa jamás.
El hombre tomó aire profundamente y pensó en el anuncio del periódico, en las proposiciones de matrimonio… y en que justo cuando creía que su vida no podía ser más surrealista, aparecía Robin Medford.
– Sí, he terminado -respondió.
– ¿Jacob Bronson? -dijo Robin, con aspecto de haber vuelto a la vida.
Soltó una risita y se colocó el pelo detrás de la oreja con mano temblorosa.
– No te había reconocido al principio.
Aquello era, sin duda, ofensivo para el ego de un hombre. Él había estado soñando con aquella mujer durante quince años y ella ni siquiera lo había reconocido. Perfecto.
– La abuela quiere que te quedes a cenar, Jake -añadió Connie.
Jacob supuso que debería alegrarse de que al menos una hermana supiera quién era. Connie se arremangó su jersey de colores y se cruzó de brazos. Aunque era solo cuatro años mayor que él, tenía la costumbre de tratarlo como si fuera uno de sus hijos.
– No quiero molestar.
Entendía que si estaba allí Robin, era porque la familia se había reunido al fin, después de varios años. Probablemente querrían estar solos.
Además, tendría que ser un poco masoquista para sentarse voluntariamente a cenar junto a Robin. La chica no recordaba ni siquiera los besos que habían desequilibrado por completo su adolescencia y lo habían acompañado durante una década y media.
