– No seas tonto -insistió Connie, abriendo la puerta y haciendo un gesto para que entraran ambos-. Tú eres como de la familia.

Robin esbozó una sonrisa y se levantó elegantemente de donde estaba sentada. No repitió la súplica de su hermana, probablemente porque le daba igual que él se quedara o no.

Al dirigirse a la puerta de la cocina, su cabello se balanceó suavemente y sus vaqueros gastados se ciñeron sensualmente a sus piernas. Las manos de Jacob recordaron el tacto de aquellas curvas y se cerraron. Por lo que veía, aquel cuerpo no había cambiado nada.

Hizo un esfuerzo para ignorar la reacción de sus hormonas. Robin no había cambiado desde que se graduaron. Ni en el físico, ni en el carácter. Para ella él seguía siendo Jacob Bronson, el chico pobre de la clase. Y la Princesa de Hielo era tan distante en ese momento como entonces.

Debería repasar las cartas que le habían enviado, contestando a su anuncio. Derek tenía razón. Jake debería encontrar cuanto antes una esposa y así se olvidaría de Robin para siempre.

Era lo más lógico y lo más seguro. Pero en el momento en que la mujer de sus sueños desapareció por la esquina, todo pensamiento lógico lo abandonó y se dio cuenta de que, si no lograba remediarlo rápidamente, se metería en un lío.

Miró inmediatamente a Connie, confiando en que no se hubiera dado cuenta de cómo había mirado la parte posterior del cuerpo de Robin. Se pasó una mano por el pelo.

– Lo siento, Connie, pero no puedo…

– La abuela no va a admitir que le digas que no, Jake. Trabajas demasiado. Ahora vete a tu casa y ponte una camisa decente. Si no estás aquí en cinco minutos, les diré a los chicos que vayan a buscarte.

– De verdad que…

– Les diré que vayan por ti -lo amenazó de nuevo-. Y la abuela se enfadará contigo.

Jacob dio un suspiro de impotencia.

– De acuerdo.

No quería enfadar a Alma May cuando estaba tan cerca el día de su cumpleaños. Y los chicos de Connie, de ocho, seis y cuatro años, eran capaces de hacer cualquier desastre en su casa.



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