Incluso a esa distancia, Jake se sintió sobrecogido ante la belleza de su perfil. Su pelo de color arena brillaba al sol y su alegre risa parecía iluminar la polvorienta calle. Por un instante, deseó con toda su alma que esa mujer hubiera contestado a su anuncio.

Pero aquello era ridículo, claro, porque el anuncio que había puesto Derek no especificaba dónde vivía Jake.

– No sabía que Annie tuviera amigas como esa -comentó Patrick, quitándose el pelo de la frente.

– ¿Por qué no te acercas para que te la presente? -le preguntó Jake, deslizando la vista por el cuerpo de la explosiva rubia.

– Creo que es lo que debería hacer. ¿Vienes?

– Es toda tuya, Patrick -contestó Jake, fingiendo una indiferencia que no sentía.

Esperaría a la noche para enterarse en el Café Fireweed de todo lo relacionado con aquella misteriosa mujer. Annie podía seguir con la idea de hablarle y no tenía ninguna intención de ponerse en ridículo. Y tampoco pensaba demostrar el más mínimo interés por la guapa desconocida. Se imaginaba perfectamente cuál sería la reacción de la mujer si se enteraba del anuncio de Derek.

Se estremeció. De ninguna manera. De momento, volvería al rancho y terminaría sus tareas, tal y como tenía pensado hacer.


Robin oyó unos golpes de martillo que llegaban hasta el porche trasero de la casa de su madre. Estaba descansando mientras su cuñado leía un cuento a sus sobrinos y la abuela se echaba una pequeña siesta.

Robin estaba asombrada de lo que habían crecido sus sobrinos desde la última Navidad. Normalmente los veía dos veces al año en la casa de campo que tenía su hermana en Prince George: en Navidad y en verano.

Esbozó una sonrisa y se sentó en una mecedora de madera. La abuela, sin embargo, parecía que no había cambiado nada. Cuando la había abrazado poco antes en el salón, Robin se había sentido como si de nuevo tuviera dieciocho años.



5 из 107