
La casa era la misma y el jardín también, pensó mientras paseaba la mirada por el terreno que dominaba el jardín de su madre. Luego se detuvo en el granero nuevo de la propiedad adyacente. Eso sí que había cambiado.
Se preguntó cuánto tiempo haría que los Bronson se habían ido y recordó su taller de reparación de coches antiguos. Los nuevos propietarios habían tirado el viejo edificio y lo habían sustituido por uno de dos pisos. En vez de las chapas de metal, ahora había sacos de arena bien ordenados y heno para alimentar a las decenas de caballos que pastaban tranquilamente.
En ese momento, un hombre, desnudo de cintura para arriba, salió del granero. Llevaba un cinturón de herramientas de cuero sobre los vaqueros y un martillo en la mano derecha. Tenía el torso brillante por el sudor y aquello resaltaba sus fuertes músculos. Un sombrero de vaquero le ocultaba parte del rostro.
«Magnífico», fue la palabra que se le ocurrió inmediatamente. Si alguna vez se decidiera a tener relaciones sexuales por placer, en vez de pensar en el embarazo, ese sería el tipo adecuado para ella.
Observó al hombre unos segundos y, de repente, frunció el ceño.
Se trataba de Jacob Bronson.
Se sintió como si le hubieran aplastado el corazón contra las costillas antes de poder respirar de nuevo. Nunca había creído que volvería a verlo.
El hombre se quedó quieto de repente, como si hubiera notado su perfume. Entornó los ojos y miró directamente hacia el porche.
No pudo verla. Era imposible que la viera entre las sombras. Y aunque pudiera, jamás la reconocería a esa distancia y después de quince años.
¿Entonces por qué aquellos ojos azules parecieron traspasar el alma de Robin?, se preguntó con un estremecimiento.
No quería recordar. Se negaba a permitir que los humillantes recuerdos la invadieran de nuevo. Había logrado olvidarse de todo aquello desde el día en que había salido de allí y no quería recordarlo en esos momentos. No había ninguna razón…
