
Aquello había ocurrido quince años antes. La noche antes de terminar la escuela, cuando los veintiún veteranos del Instituto de Forever cumplían con la tradición del solsticio de verano en la playa. Se hacía a media noche, en el momento en que el sol se hundía brevemente en el horizonte y el agua se oscurecía lo justo para preservar la decencia.
El rito era privado y se hacía a diez millas de la ciudad en un lugar al que se llegaba por una carretera polvorienta que se abría en la orilla del río y que permitía a los nadadores ver si se aproximaban visitantes.
Robin había conseguido dejar a un lado sus miedos aquella noche y se había ido con sus compañeras a la playa, a la zona de las chicas.
Tímida y poco decidida, en comparación con sus compañeras, había tardado un rato en armarse de valor y darse cuenta de que los mosquitos de la orilla eran mucho más peligrosos que desnudarse y sumergirse en las gélidas aguas.
Una a una, las chicas se habían ido reuniendo con los chicos. Todavía podía recordar las risas y los gritos sobre el fuego de la hoguera. Esta daba un color anaranjado a los arbustos del trozo de tierra que separaba las dos playas. Hasta su amiga Annie se había ido hacia la playa principal.
Robin caminó por la suave arena y se abrazó los hombros fríos. Estaba comportándose como una estúpida, se dijo. Parecía que todos se estaban divirtiendo y los chicos no estaban aprovechándose de la situación.
Robin dio dos brazadas hacia las voces y trató de ver lo que hacían antes de aproximarse más. Quizá pudiera unirse a ellos de una manera discreta.
Vio primero a Rose y luego a Seth y Alex, que la estaban salpicando. Annie y otras chicas estaban agrupadas en una zona poco profunda y reían alegremente.
