
Un mosquito picó a Robin en el cuello y ella se dio una palmada, pero entonces sintió otra picadura en la oreja. Sacudió la cabeza y, como si se hubieran pasado la señal unos a otros, fue rodeada de repente por los zumbantes insectos. Robin se sumergió bajo el agua y se alejó de la orilla.
Cuando salió a la superficie, la rodearon de nuevo los pequeños insectos. Se hundió de nuevo en el agua y buceó, alejándose de donde estaba y de las voces y las risas. Salió cuando sus pulmones no aguantaron más.
Entonces tomó aire profundamente. Los mosquitos ya no estaban, pero la corriente la había atrapado y la había llevado lejos de la playa de las chicas. Robin pensó que habría sido mejor haberse quedado en casa.
Se puso a nadar. Era una buena nadadora, pero avanzaba lentamente en medio de aquellas frías aguas. Le sería más fácil al lado de la orilla, donde la corriente era más débil, pero se acordó de los mosquitos y se mantuvo alejada de los arbustos que daban abrigo a los cisnes.
Su pie golpeó una rama oculta bajo el agua. Fue un dolor intenso y agudo, que le hizo dar un grito. Entonces se puso en pie, pero inmediatamente sintió que empezaba a hundirse en el lodo. Con un estremecimiento, volvió a ponerse a flote, tratando de no pensar en las sanguijuelas.
Comenzó a nadar rítmicamente, pensando en su enorme toalla y en la furgoneta de Annie. Se alejó un poco más de la orilla. Su pie volvió a golpear un árbol caído. Dio una brazada, pero su tobillo de repente se enredó en un grupo de ramas que tiraron de ella hacia debajo del agua.
¡Lo que le faltaba! Se puso a flote rápidamente y trató de liberarse de las ramas. Se torció el tobillo en el intento y dio un grito sofocado.
Notó el zumbido de un mosquito al lado de la oreja. Lo esquivó y luego, con mucho cuidado, tocó las ramas que tenía debajo con el otro pie. Estaban cubiertas de lodo. En un momento dado, notó un algo sólido y se apoyó en ello con alivio, tratando de mantener el equilibrio con los brazos.
