
– He colocado hombros dislocados antes.
La joven lo miró con duda en los ojos. Él no llevaba bata blanca ni estetoscopio. Vestía vaqueros y un jersey de lana. Tenía el cabello negro y rizado y le hubiera ido bien un corte de pelo, y el rostro bronceado y las arrugas alrededor de sus ojos indicaban que pasaba mucho tiempo al aire libre.
No tenía ni pizca de aspecto de médico.
Pero sus penetrantes ojos azules y la sonrisa de su ancha y bronceada cara le indicaron que se podía entregar a sus manos con tranquilidad.
La chica suspiró y asintió con la cabeza, cerrando los ojos y forzándose a relajarse. Esperó a que llegase el dolor…
Él la miró con sorpresa. ¿Le habría ocurrido antes, entonces? Parecía que sabía lo que iba a suceder.
No valía la pena retrasar el momento, así que le levantó la muñeca y le flexionó el codo hasta un poco más de los noventa grados. Luego, lenta y firmemente, hizo rotar el brazo abajo y atrás, con tanta firmeza que la chica lanzó un sollozo de dolor.
Y luego, milagrosamente, se acabó. El hombro se colocó con un chasquido.
Silencio.
La chica inspiró profundamente dos veces. Tres. Cuatro. Y luego, abrió los ojos a un mundo sin dolor.
Los ojos verdes se contrajeron cuando esbozó una sonrisa de absoluto alivio.
– Gracias.
No necesitaba nada más. No había necesidad de cerciorarse de su trabajo. Bastaba con ver cómo el terrible dolor había desaparecido de sus ojos. Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa. ¡Y qué sonrisa!
– Bien hecho. No te muevas todavía. Tómate tu tiempo. No hay prisa.
No había prisa…
La sonrisa de la chica desapareció y ella miró a su alrededor como si lo viera por primera vez. Doris estaba echada, exhausta, en la paja. Junto a ella, los cerditos hacían los primeros intentos de comenzar a mamar.
Alguien tenía que romper el silencio, y finalmente fue el sargento quien lo hizo.
