– No es nada.

Él hizo caso omiso a su protesta. La chica no estaba en condiciones de hablar coherentemente, y mucho menos, pensar. Le miró la cara rogándole permiso con los ojos mientras llevaba sus manos al primer botón de la blusa.

– ¿Me permites ver? -preguntó, y al no obtener respuesta, le desabrochó el cuello y retiró la prenda para descubrir el hombro. Lanzó un silbido inaudible. No era extraño que tuviese dolor-. Te has dislocado el hombro.

– Déjalo.

– No te asustes -le dijo, tomándola de la mano nuevamente con tanta delicadeza que no le dañó el hombro-. Estamos aquí para ayudarte. Yo soy Mike Llewellyn, el único médico de Bellanor. Detrás de mí se halla el sargento Ted Morris y Jacob, el tipo que está enterrando el cerdito, es el vecino de tu abuelo. Es el dueño de la granja de al lado. Llevamos cuatro días buscando a tu abuelo, desde que desapareció.

– Pero… -la chica parecía estar desesperada por entender lo que decía sin éxito. En lo único en que podía pensar era en el dolor.

– Las explicaciones pueden esperar -dijo Mike con firmeza. Le tomó el brazo por la muñeca y le colocó suavemente el brazo cruzado sobre el pecho como si tuviese un cabestrillo-. Puedo llevarte a la consulta y manipular esto con anestesia, pero si confías en mí, puedo volverte a colocar el hombro ahora. Te dolerá, pero también lo hará viajar por caminos llenos de baches para llevarte hasta la ciudad. Te puedo dar un poco de morfina, pero creo que lo mejor que se puede hacer es intentar colocarlo rápidamente. ¿Intentarás relajarte y ver qué es lo que puedo hacer?

– ¿Eres… de veras eres médico?

– Soy médico de verdad -le sonrió, con los ojos azules dulces y tranquilizadores, recurriendo a su mejor actitud profesional con los pacientes-. El sargento lo puede corroborar. Incluso tengo un certificado por algún lado para demostrarlo.

– ¿Y… y sabes cómo volver a poner esto?



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