
– De acuerdo. La tengo cubierta. Levántese despacio y luego levante las manos por encima de los hombros.
Contrariamente a Mike y el sargento Morris, Jacob sabía perfectamente qué hacer porque lo había visto en la tele. Iba con la idea de encontrar criminales y no cambiaría de opinión tan fácilmente.
– Cuidado -le había dicho el sargento antes de abrir de golpe la puerta del granero-. Puede que estén armados -así es que Jacob estaba preparado.
– Ni se te ocurra sacar un arma -ladró, agitando su rifle en dirección de la cerda y los increíbles zapatos rojos-. Arroja el revólver.
– Jacob -dijo Mike débilmente-. Cállate.
Fue el primero en moverse. La chica había estado usando una lámpara de queroseno para iluminarse, pero el sargento Morris tenía una poderosa linterna con la que inundaba todo el granero de luz.
Ella miraba hacia el otro lado. Mike se acercó y se puso en cuclillas a su lado para verla mejor. Tenía una cara hermosa, con fantástica piel blanca, enormes ojos verdes y una raya de carmín del mismo color de esos ridículos zapatos. Y estaba contorsionada por el dolor.
Junto a ella, un cubo de agua jabonosa que indicaba lo que estaba haciendo. ¡Ay! Mike hizo una mueca de dolor. Pobrecita.
Mike había ido a la granja esa noche porque Henry Wescott había desaparecido, probablemente había muerto. Sabía lo mucho que Henry quería a su cerda Doris y lo menos que podía hacer por el pobre viejo era ir a ver cómo se encontraba el animal. Había visitado a Doris la noche anterior y sabía que le faltaba poco.
Así que los cochinillos estaban en camino, por así decirlo. Volvió a hacer una mueca de dolor. Levantó el cubo y vertió suavemente agua jabonosa sobre el brazo de la chica mientras ella metía la mano en la vagina del animal.
Ella emitió un gruñido que pareció de gratitud. Sacó el brazo unos centímetros para recibir un poco más de lubricación y lo volvió a meter inmediatamente. El cuerpo del cerdo se movió y la chica lanzó un sollozo de dolor.
