
¡Infiernos!
No fue necesario que le dijera lo que sucedía. El vientre de la cerda estaba tan hinchado, que tenía que haber más de media docena de cochinillos intentando salir. Pero algo obstruía el canal. La chica lo trataba de despejar y no era raro que estuviera sufriendo. Cada vez que la cerda tenía una contracción, unos poderosos músculos le apretujaban a ella el brazo con una fuerza insoportable.
Pero no le importaba. Lo único que le interesaba en ese momento era la cerda. Sufría tremendo dolor y seguro que oía las amenazas de Jacob, pero se concentraba en una sola cosa: despejar el paso a los cerditos.
No había nada que Mike pudiese hacer para ayudarla. Desde luego que no había espacio para que los dos metiesen el brazo.
– Dime lo que pasa -le dijo con urgencia, con la cara casi tocando la de la chica-. ¿Cuál es el problema?
– Hay un cerdito encajado -la voz iba perfectamente con su cara. Estaba exhausta y llena de dolor, pero era dulce y armoniosa y… ¡fantástica!
– ¿Lo sientes?
A Doris le sobrevino una contracción y su enorme cuerpo se puso tenso, sacudiendo a la chica de costado.
– No puedes hacer esto -dijo él salvajemente y la tomó de los hombros para sacarle el brazo. ¡Diablos, le rompería el hueso!
– No, no. Siento una pezuña. ¡Déjame! -dijo ella, hundiendo el brazo más-. Más agua -pidió, casi sin aliento.
Mike le echó más agua y agarró la pastilla de jabón para pasársela por la entrada de la vagina. Si tuviera tiempo… tenía lubricantes en el coche…
– Ya lo tengo -susurró ella-. Uno, dos, tres… no me lo arruines ahora. Tengo cuatro pezuñas. Por favor, Doris, no tengas contracción un minuto y déjame que empuje.
– ¿Qué…?
– Hay cuatro pezuñas intentando pasar a la vez y la cabeza está hacia atrás. Está atorado como un corcho. Tengo que empujar…
