
Otra contracción le sacudió el brazo, haciendo que Tess se moviese por entero. ¡Era tan pequeña!
Había que ser pequeña para lograrlo. Ningún hombre podía meter el brazo de esa forma dentro de una cerda. Vacas sí, pero cerdas, imposible.
– Acerca la luz -ordenó Mike, sin quitarle los ojos de encima a la cara de la chica. En ella se reflejaba un terrible dolor, pero también una decisión tan grande como la copa de un pino-. Jacob, vete a traer mi maletín del coche.
– ¿Qué pasa? -le costó bastante darse cuenta de que estaban en medio de un parto, en vez de un acto criminal. Parecía totalmente asombrado.
– Estamos teniendo cerditos -dijo Mike en la quietud-. Al menos, espero que así sea.
Bajó las manos y las apoyó en los hombros de la chica sujetándola firmemente, de modo que ella se pudiese mover a voluntad, pero a la vez dándole el apoyo que necesitaba para que las contracciones de la cerda no la sacudiesen.
Intentaba hacerle sentir que no estaba sola. Era todo lo que podía hacer, pero no era suficiente. Se sintió totalmente indefenso ante su dolor.
¿Quién diablos era?
Sentía el esfuerzo que ella hacía. Cada vez que una contracción remitía, ella hacía todos los esfuerzos posibles para empujar el cochinillo, tratando de enderezarlo para que pudiese pasar por el canal. Y durante la contracción se concentraba en sujetar al animalillo para que sus esfuerzos no fuesen en vano. Mike sentía como todo su cuerpo estaba tenso por el esfuerzo.
Debía de saber algo de obstetricia. La única forma de sacar al cerdito de donde estaba firmemente atrancado era empujarlo hacia atrás y girarlo.
¿Era veterinaria? ¿Con esos tacones de aguja?
Y luego sintió al cerdito ceder. Un movimiento minúsculo, pero sintió que el cuerpo de la chica se sacudía adelante y ella inspiró con dificultad y lanzó un suspiro de puro alivio.
