– Gira, diablos, gira -murmuró, girando su propio cuerpo-. Por favor…

El hombro se le torció y la cara se le contrajo de dolor. La raya de carmín en su blanco rostro parecía casi surrealista.

Y luego se le torció el hombro aún más. Lanzó un gruñido de sorpresa y dolor. El cuerpo de la cerda se contrajo en una enorme masa de músculo y el brazo de la chica se deslizó hacia fuera. En la mano sujetaba un cerdito muerto.

El animalito cayó en la paja. La chica lo hizo a un lado como si no tuviera importancia, porque en realidad no la tenía, y sumergiendo la mano en agua jabonosa, volvió a meterla, pero no fue necesario.

La contracción no se relajó. Aumentó más y más y los poderosos músculos empujaron a otro cerdito que cayó en la paja. Ése estaba vivo.

Lo siguió otro.

Fue como sacar un corcho de una botella de champán. El exhausto cuerpo de Doris utilizó toda la energía que le quedaba y, minutos más tarde, la chica estaba en medio de una masa movediza de cerditos.

Cinco. Seis. Siete. Ocho cochinillos vivos.

Mike estaba tan aturdido que apenas si podía contar, pero en cuanto la enorme cerda terminó de expulsar al último cerdito, se dio la vuelta para mirarlos.

La chica miró a la cerda y sonrió ampliamente. ¡Cielos, qué sonrisa! Intentó levantar uno de los cerditos para mostrárselo, pero el brazo no le respondió. Emitió un gemido de dolor y el cerdito volvió a caer en la paja.

Mike la observó un momento y luego tomó las riendas del tema. Al menos en eso sí que podía ayudar. Levantó a cada uno de los cerditos por turno para echarlos en la paja, bajo la mirada de su madre.

Entonces, el policía reaccionó y, apoyando la linterna en una bala de heno, comenzó a encargarse de los animalillos, lo que dejó a Mike libre para que se concentrara en la joven.

Estaba exhausta. Al haber acabado su tarea, se derrumbó. Se recostó en la paja y se sujetó el brazo como si se le fuese a caer. Tenía la cara blanca como el papel, el lápiz de labios corrido y el brillo de las lágrimas en esos ojos fantásticos.



6 из 111