Jacob entró a la carrera en el granero con el maletín de Mike y blandiendo la escopeta.

– Ya lo tengo, ya lo tengo -les dijo y se detuvo de golpe a unos centímetros de Mike, que levantó una mano para agarrar la escopeta primero y luego el maletín.

– Estupendo, Jacob -dijo con calma. Levantó al cerdito muerto y se lo entregó-. Ahora, vete a enterrar esto antes de que Doris se crea que está vivo y comience a protegerlo.

– Aún no sabemos por qué ella está aquí y quieres que entierre esto, ¿por qué?

– Porque está muerto, Jacob.

– Oh, sí -dijo Jacob, y se quedó mirando el maltrecho cuerpecito en sus manos-. De acuerdo -miró al policía- ¿No me necesitas más? Para ella, quiero decir.

– Creo que podemos apañarnos solos -le respondió el sargento con sequedad. Luego, cuando Jacob se inclinó para recuperar su escopeta, el policía sacudió la cabeza-. No, Jacob. Deja la escopeta aquí. No la necesitas.

Mientras Jacob se alejaba con el infortunado cerdito hacia la puerta, la chica se sentó y miró alrededor. Tenía las manos ensangrentadas después del múltiple parto. Su aspecto era joven y vulnerable.

Usó un solo brazo para incorporarse y con él se abrazó el otro y se lo sujetó junto al pecho.

– Déjame ver -dijo Mike suavemente y se puso en cuclillas frente a ella, tocándole ligeramente el brazo. Ella hizo un gesto de dolor y lo retiró mientras el gesto de dolor se intensificaba.

– No. Necesito… necesito…

– A que lo que quiere es drogas -dijo Jacob antes de salir con el animalillo muerto-. Apuesto a que por eso está aquí, Doc. Las mujeres normales no llevan tacones como esos. Seguro que está en la droga.

– ¡Drogas! -el hombro le volvió a doler.

Mike se dio cuenta por su cara. Estaba sucia, ensangrentada y dolorida y tan exhausta que apenas si podía hablar y…



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