
Con su mano buena ella se enderezó la falda en un fútil intento de recuperar su dignidad y les echó una mirada furibunda. La emoción que la dominaba era de rabia. Mike observó cómo la recorría, reemplazando el dolor. Ella se puso de pie y se enfrentó a los dos hombres desconocidos sin un ápice de miedo. Estaba demasiado enfadada como para tener miedo y… era realmente hermosa.
– ¿Quién eres? -preguntó él con amabilidad, pero ésa fue la última gota.
– ¿Qué quién soy? ¿Quiénes sois vosotros? -exigió- ¿Quién diablos sois vosotros? Estáis en la propiedad de mi abuelo. ¿Qué os da a vosotros el derecho a preguntar quién soy yo? ¿A hablar de drogas? ¿Qué os da el derecho a venir aquí con armas?
Y, de repente, fue demasiado. Los hombros de la chica se habían sacudido cuando ella se enderezó. Mike vio reflejado en sus ojos que el dolor era terriblemente fuerte. Tan fuerte, que ella no lo podía soportar.
Ella tragó aire audiblemente y se hubiera caído de no ser por Mike, que la sujetó por el brazo bueno e impidió que ella se cayese, haciéndola sentarse luego en uno de los fardos de heno.
– Tranquila -le dijo suavemente y como siempre, su voz resultó increíblemente tranquilizadora. Los lugareños decían que lo que mejor se le daba eran los niños y los perros, y tenían razón. La voz de Mike inspiraba confianza-. Tranquila -repitió-, no te haremos daño.
– ¿Dónde… dónde está mi abuelo?
– Lo hemos estado buscando -dijo, y se arrodilló frente a ella, tomándola de la mano a pesar de la sangre. Tenía las manos fuertes y cálidas y le estrecharon los dedos como si supiera lo asustada que estaba bajo esa fachada de agresividad. Era un gesto de cariño y fuerza que había usado muchas veces antes, y el cuerpo de la chica se relajó apenas un poco. Él se dio cuenta de ello y esbozó su sonrisa tranquilizadora, una sonrisa que era capaz de conquistar a una serpiente de cascabel.
– Soy el doctor de la comarca -le dijo-. Deja que te mire el brazo. Déjame ayudarte.
