– De acuerdo. ¿Por qué no? Sí, le acompañaré.

– Será mejor que se quite ese vestido negro.

Elise había pensado hacerlo, pero que le diera órdenes de nuevo hizo que se rebelara.

– No me dé órdenes.

– No lo hago. Sólo sugiero lo que usted misma deseaba hacer -contestó él, con un aire tan razonable que resultó gracioso y molesto a un tiempo.

– ¿Ah, sí? ¿Y tiene alguna sugerencia sobre lo que debería ponerme?

– Algo descarado.

– No me va lo «descarado».

– Pues debería. Una mujer con su rostro y su cuerpo puede ser tan descarada como desee; su deber es exhibir sus gracias al mundo. Estoy seguro de que eso le habría gustado a Ben. Apostaría cualquier cosa a que en algún rincón de su armario hay un vestido provocativo que le gustaba que se pusiera para exhibirse con él -afirmó Vincente con confianza.

– Pero Ben no está. Y si salgo con usted la gente criticará que lleve algo así, después de su entierro.

– Deje que la tilden de escandalosa. ¿Le importa?

– Debería importarme -dijo ella, intentando ocultar lo tentadora que le parecía la idea.

– Pero no es así. Tal vez nunca le importó. No es momento para empezar a hacerlo ahora.

– Lo tiene todo pensado.

– Siempre planifico con antelación. Sirve para cubrir todos los ángulos.

– Tenga cuidado con eso de cubrir todos los ángulos. Suena sospechoso -dijo ella. La alegró ver que eso le causaba cierta incertidumbre.

– ¿Qué quiere decir con eso? -preguntó él.

– En otra época lo habrían acusado de brujo y quemado en la hoguera.

– En esta me llaman brujo y compran mis acciones. Basta de hablar. Dese prisa, no me haga esperar.

Elise fue al dormitorio, pensando que era raro que él hubiera adivinado que tenía un vestido provocativo. Colgaba al final del armario, un prenda de seda color miel, de gran escote, que brillaba con cada movimiento. Lo había elegido Ben.



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