
– Es champán -ella dejó escapar otra carcajada.
– Es lo único que he encontrado. Parece que ya han recogido todo lo demás.
– No puedo beber champán en el funeral de mi marido.
– ¿Por qué no? Él no le importaba nada, ¿verdad?
– No -contestó ella al ver que la miraba con expresión inescrutable-. No me importaba.
Aceptó la copa, bebió y él la llenó de nuevo.
– Entonces, me preguntó por qué ha llorado tanto.
– ¿Qué quiere decir? Hoy no he derramado ni una sola lágrima.
– Hoy no. Pero sí cuando estaba sola.
Era verdad. En la oscuridad de la noche había llorado a mares, no por Ben, sino por su vida desolada, sus esperanzas frustradas y, sobre todo, por el risueño hombre joven que llegó y se fue tantos años antes. Ya sólo le quedaban de él recuerdos dolorosos.
Todo podría haber sido tan distinto. Si al menos… Pero, ¿cómo lo había sabido ese hombre?
– Se ve en su rostro -dijo él, contestando a la pregunta que no había llegado a formular-. El maquillaje ayuda, pero no hace milagros.
– Engañó a los demás.
– Pero no a mí -dijo él con suavidad.
En otro momento podría haberle sonado a advertencia, pero sólo sintió alivio por que la entendiera.
– Acábese la copa y la llevaré a cenar -dijo Vincente de repente. A ella la irritó que estuviera tan seguro de que seguiría sus órdenes.
– Gracias, pero prefiero quedarme aquí.
– No es cierto. No quiere quedarse sola en esta habitación vacía, demasiado grande para usted.
– Ben insistió en ocupar la suite más grande.
– Típico de él. Le gustaba impresionar, ¿no?
– Sí, pero no hablaré de él con usted. Ha muerto. Que ése sea el final.
– Pero la muerte nunca es el final -señaló él-. No para los que se quedan atrás. No se quede aquí. Venga conmigo y diga todo lo que no ha podido decirle a nadie. Se sentirá mejor después.
Ella sintió el anhelo de aceptar. Después de ese día no volvería a verlo, y eso le daba cierta libertad.
