
– Me sorprende que lo sepas tú, dado que lo contrataste. ¿Para qué te serviría un idiota? Es extraño.
– No -sonrió con sorna-. En vez de «idiota» di «burro». Siempre tengo trabajo para un burro.
– Debe haber burros en Roma. ¿Por qué Ben?
El sonido de la música le dio una excusa para no contestar. Una joven subió al escenario y empezó a cantar con voz suave. La pista se llenó de parejas.
– ¿No hemos hablado ya bastante? -preguntó él.
Elise asintió. Tomó su mano y permitió que la guiara a la pista de baile. Quería bailar con él para estar entre sus brazos. Era la verdad. Esa noche iba a divertirse por primera vez en muchos años.
Se preparó para sentir su mano en la parte baja de la espalda, pero aun así la impactó. Estaba tan cerca de él que sentía cada movimiento de sus piernas.
Tal vez había sido una locura aceptar. Hacía cuatro años había echado a Ben de su cama, e incluso antes su cuerpo había estado dormido. Ahora empezaba a despertarse y el placer era casi doloroso.
Notó que él tensaba el brazo, insistiendo para que alzara la cabeza. Lo hizo y encontró su boca tan peligrosamente cerca que notó su aliento. Estuvo a punto de besarlo. Pero fue él quien dio el primer paso. Sus labios la rozaron con tanta suavidad que no estaba segura de si era un sueño o algo real.
Era casi indecente desearlo todo con ese desconocido, pero le estaba ocurriendo. Su boca presionó sus labios con más fuerza. Cerró los ojos, rindiéndose a la sensación, dejando el mundo fuera.
Él desplazó la mano lentamente, hacia la piel desnuda de su espalda y luego hacia la curva de su cadera, para luego bajar hacia su trasero.
Llevaba demasiado tiempo viviendo como una monja, sin que el deseo tuviera sitio en su vida. Pero ahora había vuelto a la vida, con un desconocido. Se preguntó por qué él y por qué en ese momento.
Sus sentidos le contestaron que él estaba hecho para la seducción. Su cuerpo estaba diseñado para el sexo: largo, esbelto, duro, poderoso. Se fundía con el de ella y parecía que estuviera haciéndole el amor.
