
– ¿Qué estás haciendo? -le susurró.
– Supongo que quieres decir estamos haciendo -murmuró él en sus labios-. No es ningún misterio.
– Pero, no, deberíamos parar.
– ¿Estás segura de que es lo que quieres?
– Sí… sí, es lo que quiero -mentía y los dos lo sabían. Ella no quería parar. Lo deseaba.
A Elise ni siquiera le gustaba especialmente Vincente Farnese. Lo poco que sabía de él la estimulaba, pero había notado una actitud vigilante, un distanciamiento que impedía la calidez. No había ternura.
Aun así, o tal vez por eso, sentía un deseo libre de sentimientos, básico, sin complicaciones. Anhelaba estar en su cama. Desnudarse ante su mirada hambrienta, exhibiéndose. Pero también deseaba que él la desnudara muy lentamente, excitándola más y más.
Quería que sus cuerpos desnudos se unieran y sentir la exploración de sus dedos, hasta que la pasión lo llevara a perder el control y la hiciera suya.
Eso era lo que más deseaba: ver a ese hombre tan seguro de sí mismo, perder el control por ella. Sería lo más satisfactorio.
– ¿Por qué negarnos lo que ambos queremos? -preguntó él, adivinando de nuevo su pensamiento. Pensó que eso era lo que le hacía tan peligroso.
– No siempre tomo lo que deseo -dijo ella.
– Es un error. No has tenido suficiente placer y satisfacción en tu vida. Deberías aprovechar ahora que eres libre.
– Libre -repitió ella-. ¿Lo seré alguna vez?
– ¿Qué iba a impedírtelo?
– Tantas cosas… tantas…
Él la atrajo y posó los labios en su cuello.
– Toma lo que deseas -susurró-. Tómalo, paga el precio y no pierdas el tiempo arrepintiéndote.
– ¿Es así como vives tú?
– Siempre. Vámonos -dijo, guiándola fuera de la pista de baile.
