No hablaron en el coche mientras volvían al hotel. Conscientes de que los observaban, cruzaron lentamente el vestíbulo y subieron a la suite de ella. Cuando la puerta se cerró a su espalda, él le quitó el chal, la rodeó con sus brazos y depositó una lluvia ele besos en sus hombros y cuello.

Elise echó la cabeza hacia atrás, rindiéndose a la dulce sensación. Cada roce de sus labios le provocaba temblores y cosquilleos que recorrían su piel, creando vida donde sólo había habido desolación.

Sin saber cómo, se encontró en el dormitorio, tumbada. Él se quitó la chaqueta y llevó las manos a su vestido para descubrir sus senos. Ella alzó los brazos, con la intención de atraer su rostro para besarlo, pero su mano actuó contra su voluntad. En vez de acercarlo, lo apartó.

– Espera -susurró. Él se quedó quieto, mirándola con perplejidad-. Espera -repitió ella-. ¿Qué me está ocurriendo?

Era el peor momento posible para tener un ataque de sentido común, pero la había asaltado de pronto.

– Yo no puedo contestar a eso -dijo Vincente-. Sólo tú sabes lo que quieres. Si has cambiado de opinión, basta con que me digas que me vaya.

– Ya no estoy segura. Por favor, suéltame.

Él la miró desconcertado un instante, después sus ojos destellaron con respeto.

– Muy inteligente, muy sutil.

– Te equivocas. No estoy jugando. Es sólo que… -se sentó y se apartó de él-. ¡Cielos! Hoy ha sido el funeral de mi marido.

– ¿Ahora de acuerdas de eso?

– Supongo que soy más convencional de lo que creía. Lo siento, no puedo hacer esto.

Él se levantó y recogió la chaqueta del suelo.

– Puede que tengas razón. Esto puede esperar hasta que volvamos a vernos.

– Dudo que eso vaya a ocurrir.

En la oscuridad, ella no veía bien su expresión, y no captó el asombro, admiración y odio que se sucedieron en sus ojos.

– Te equivocas -dijo-. Esto no acabará así. Un día recordarás lo que te he dicho: toma lo que desees. Y lo harás, porque en eso somos iguales.



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