– Olvidas algo -encontró fuerzas para retarlo con los ojos-. Lo tomaré cuando esté lista. No antes.

– Entonces, no tengo más que decir. Buenas noches -salió tranquilamente de la habitación sin mirar atrás.

Vincente estaba cerrando su maleta, la mañana siguiente, cuando sonó su teléfono móvil.

– Sí.

– Soy el chofer. Me dijo que le avisara si la veía. Acaba de subir a un taxi. Le oí decir al conductor que la llevara al cementerio.

– Bajaré ahora mismo. Arranca el motor.

Momentos después subía al coche.

– ¿Estás seguro de haber oído bien?

– Sin duda dijo cementerio de St Agnes, donde enterró a su marido ayer. Me parece bastante natural.

Vincente no contestó. Por suerte, vio a Elise en cuanto llegaron al cementerio. Había bajado del taxi y se alejaba a pie. Llevaba un ramo de rosas rojas.

A él le costaba creer que fuera a poner un símbolo de amor en la tumba de su marido.

La siguió, procurando ocultarse entre los árboles. La vio arrodillarse ante una tumba humilde, distinta a los lujosos mausoleos que la rodeaban. Vio que su rostro expresaba una tristeza infinita.

Había ido a Inglaterra a buscarla, odiándola y con el fin de hacerle pagar por un antiguo acto de crueldad. Su esposo había estado a punto de ponerla en sus manos, pero el estúpido había muerto y él había tenido que hacer otro plan.

Había estado muy seguro del tipo de mujer que encontraría, pero le había parecido distinta: más suave, vulnerable y honesta. Se recordó que debía ser una actuación. Había tenido muchos años de práctica.

Era más difícil explicar su pasión. Estaba acostumbrado a que las mujeres, buscando su fortuna, intentaran seducirlo. El pasado de Elise sugería que era de esa clase. Sin embargo, había sentido cómo se estremecía en sus brazos, y su instinto le decía que no era pasión simulada. Podría haberla hecho suya, pero entonces lo había rechazado sin concesiones, dejándolo atónito. Él estaba a punto de perder el control, pero se había obligado a calmarse y salir. Tenía que reconocer que había sentido cierto respeto.



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