
Todo era lujoso y bello. Además, todo parecía recién limpiado. No había una mota de polvo.
– El agente ha hecho un buen mantenimiento.
– He de admitir que eso ha sido cosa mía -dijo Vincente-. Envié a un ejército de limpiadores.
– ¿Sería grosero preguntar cómo conseguiste las llaves de mi propiedad?
– Sí lo sería.
– Por supuesto, el agente obedeció tu voluntad -ella sonrió-. Conociéndote como te conozco, debería haberlo supuesto.
– ¿Tan bien me conoces?
– Bastó con ese breve encuentro hace unos meses. No niegues que tú también me analizaste. No sé por qué, a no ser que…
– A no ser que… -repitió él, tenso.
– Creo que analizas a todos. Una parte de ti siempre parece distante, calculadora.
– Es inevitable. Soy un hombre de negocios.
– Puede.
– Eso significa que sigues analizándome. ¿Cómo voy de momento? ¿Salgo bien parado?
– No del todo -contestó ella mirándolo a los ojos. Tuvo la sensación de haberlo pillado desprevenido y se alegró. No estaba acostumbrado a que lo juzgaran.
– ¿Te desagrado? -preguntó él con levedad.
– Hay mucho que me gusta, pero digamos que no estoy convencida del todo. Creo que tienes tus propios planes secretos.
– Siempre. Ya te he dicho que es parte de mi naturaleza -apuntó él.
– Pero, ¿por qué conmigo?
– Tal vez sólo desee conocerte mejor.
– ¿Nada más?
– No juguemos. Quiero conocerte mejor por muchas razones. Y algunas son obvias. No somos niños.
Sus ojos se encontraron y Elise vio en los de él un ataque directo que la sorprendió y excitó a la vez.
– No soy el monstruo calculador que crees -la tranquilizó él al ver que no hablaba-. Hice que limpiaran el piso para que te sintieras bienvenida.
