– Gracias. No pretendía parecer desagradecida. No sé cuánto tiempo pasaré aquí, pero intentaré disfrutar.

– Bien, entonces debes permitir que te entretenga esta noche.

– ¿Otro club?

– No, cenaremos aquí.

– Pero aún no conozco la cocina -protestó ella.

– Déjalo todo en mis manos.

– ¿También cocinas?

– Espera y verás. Volveré esta tarde.

Cuando Vincente se marchó, ella recorrió el piso de nuevo, intentando convencerse de que era el que había comprado Ben. Incluso para él, era un piso demasiado grandioso y opulento.

Se sintió rara al sacar sus escasas pertenencias de las maletas. No encajaban en un sitio tan espléndido.

Vincente había hablado de nueva vida y libertad, pero ella no sentía que encajara allí. Bostezó y recordó que no había dormido la noche anterior. Había estado dando vueltas a su situación.

A primera hora de la mañana había ido al cementerio a visitar la tumba de su padre y a su regreso había encontrado a Vincente tenso y malhumorado. Habían empezado con mal pie, pero tal vez fuera mejor así.

Decidió darse una ducha. Una pared era de espejo y estudió su imagen críticamente. La chica que se había enamorado de un joven italiano y lo había abandonado quedaba muy lejos. Ella había sido regordeta, con un rostro bonito e inocente.

Ahora su rostro era más delgado y bello, sus ojos parecían más grandes. Tenía la cintura muy estrecha y el pecho generoso. Cualquier hombre diría que era una mujer hecha para el amor. Una ironía, considerando el poco que había habido en su vida.

Recordó las palabras de Vincente: «Quiero conocerte mejor por muchas razones. Y algunas son obvias. No somos niños».

Sí que eran obvias. Desde el principio había habido un misterioso vínculo entre ellos. Él la estaba obligando a enfrentarse a la atracción sexual que existía entre ellos. Advirtiéndole que su paciencia se estaba agotando. Eso, que debería haberla irritado, en cambio la excitaba.



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