
Miró de nuevo su cuerpo, preguntándose si un hombre desearía esa piel suave y cremosa, esas largas piernas, trasero redondo y senos generosos. Supo por instinto que la respuesta era afirmativa.
Lo sería si ella decidía seducirlo. Se estremeció de anticipación; hacía tiempo que había decido hacerlo.
Se secó y se acostó en la grandiosa cama. Durmió varias horas. Cuando se despertó, Vincente estaba sentado en la cama, contemplándola.
Capítulo 4
En realidad no le extrañó demasiado verlo allí. Pero habría dado cualquier cosa por entender la expresión de sus ojos. Era una intrigante mezcla de inquietud, cálculo y deseo.
– ¿Cuánto tiempo llevas ahí? -preguntó.
– Sólo unos minutos. Llamé a la puerta y, como no abriste, utilicé la llave de nuevo. La dejaré aquí.
– ¿Qué hora es?
– Poco más de las siete.
– ¿Tanto he dormido? -se sorprendió ella.
– Debías necesitarlo. No quería despertarte.
Ella subió la sábana, consciente de que debajo estaba desnuda. Pensar que él sólo tendría que dar un tirón para verla le provocó un cosquilleo.
– No te escondas de mí -susurró él-. No puedes.
– ¿Eso no debería decidirlo yo? -se rebeló ella.
Él no intentó quitarle la sábana, pero pasó los dedos por encima de sus senos y luego los deslizó hacia su cintura. Ella comprendió que era astuto como el diablo. La sábana no la protegía en absoluto. Sintió los dedos en el estómago y esperó a que siguieran bajando, mientras se le desbocaba el corazón.
Se preguntó por qué no apartaba la sábana y supo que esperaba a que lo hiciera ella, a que fuera la más débil. Era una batalla de voluntades y no tenía intención de dejarle ganar, aunque le costaba resistirse.
Justo cuando su voluntad empezaba a debilitarse, el rescate llegó; llamaron a la puerta. Él apartó la mano y salió, mascullando algo incomprensible.
