
Elise sabía que era guapa. Durante los últimos ocho años su función había sido ser encantadora, elegante y sexy, porque era lo que Ben había querido. Era su propiedad y él esperaba la perfección. Su vida se había convertido en una rutina de gimnasios y salones de belleza.
La naturaleza había sido generosa: guapa, buen tipo sin tendencia a engordar, pelo rubio y enormes ojos de un azul profundo. Peluqueras y masajistas la habían convertido en una mujer objeto perfecta.
Era lo que el mundo esperaba: gentil, a la moda y siempre con la palabra perfecta en los labios. Sólo ella conocía su vacío interior. Pero le daba igual.
Hacía tiempo que había olvidado las emociones, el deseo y la pasión. Las había encerrado al casarse con Ben y había perdido la llave.
Elise comprobó que todo el mundo tenía suficiente comida, bebida y atención. Pronto sería libre.
El señor Farnese hablaba con los invitados, supuso que buscando nuevos negocios, como Ben. Pero Ben siempre buscaba impresionar. Vincente Farnese era lo contrario. Todos sabían quién era y buscaban su atención. Él la daba a su placer; si no le interesaban los despedía con un movimiento de la cabeza, cortés pero terminante.
Era cuanto Ben había deseado ser: un hombre guapo y saludable, con un rostro inteligente y de expresión peligrosa. Tenía los ojos negros, pero una luz emergía de sus profundidades. Parecía ser un dueño del mundo que pretendiera seguir siéndolo. Como el león dominante de la manada.
No bebía alcohol. Llevaba dos horas con la misma copa de vino en la mano, y tampoco había comido. En cambio, la mujer en quien se había fijado Elise, comía y bebía con gusto. Al igual que él, parecía estar esperando algo.
– Lo siento no nos han presentado. Ha sido muy amable al… -dijo Elise a la desconocida, cuando la gente empezó a despedirse.
– No pierda tiempo con cortesías -interrumpió la mujer con grosería-. ¿No sabe quién soy?
