Elise se quedó inmóvil, temblando de pies a cabeza, atónita por lo que había estado a punto de hacer. Saltó de la cama y buscó algo que ponerse.

Optó por unos elegantes pantalones negros y una blusa blanca. Luego se cepilló el pelo con vigor y se lo dejó suelto. No iba a darle la satisfacción de arreglarse demasiado por él. Salió del dormitorio.

Se oían voces en la cocina. Allí encontró a Vincente y a un joven colocando envases de comida sobre la mesa. Cuando acabaron, Vincente firmó un papel y el joven se marchó.

– Veo que eres un gran cocinero -bromeó ella-. Todo comida preparada.

– No seas injusta. Sólo es el acompañamiento, yo cocinaré la carne.

Ella lo dudó, pero era verdad. Preparó Abacchio alla Romana; trozos de cordero lechal asados en una salsa de ajo, romero, vinagre y anchoas. Y no permitió que lo ayudara.

– Si quieres ser útil, pon la mesa -le dijo.

La vajilla era de porcelana pintada a mano, los cubiertos, de plata y las copas, de fino cristal.

– Te he traído un teléfono móvil. Te hará falta -dijo él, justo antes de empezar a comer.

– Ya tengo uno.

– Éste es italiano -dijo él, como si eso lo explicara todo. Era de última generación, con varios números ya grabados para ella-. Ésos son mis números de casa y de la oficina -indicó-. Éste es de un abogado a quien he solicitado que haga algunos trámites para ti. Espero que no te moleste, te será muy útil.

– Gracias. Prometo no molestarte en el trabajo.

– Espero que me llames si necesitas algo.

Elise aceptó porque habría sido grosero no hacerlo. Además, era un teléfono precioso y tenía debilidad por los juguetes de alta tecnología.

Él sirvió la cena y los vinos, uno distinto para cada plato, y perfectamente elegidos.

Durante la cena, él le habló de su empresa y de sus sucursales en países diversos. Cuando Elise le preguntó por el Palazzo Marini, hizo una mueca.



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