
– Mi abuelo lo compró para demostrar lo lejos que había llegado partiendo de la nada. Mi padre se machacó intentando seguir su ritmo, por eso murió tan joven. Después me tocó a mí. Por suerte, me parezco más a mi abuelo que a él.
– ¿Lo admirabas?
– Era un gran hombre. Muy centrado en el trabajo, a costa de la gente, pero hizo mucho por Italia.
Vincente se levantó a por más vino y cuando regresó ella estaba junto a la ventana, contemplando Roma. Él le llevó una copa de vino.
– ¿Reconoces algún sitio? -preguntó.
– Muchos, pero parecen diferentes.
– Todo ha cambiado, incluso en estos últimos meses. Me he preguntado a menudo si has pensado en mí como yo he pensado en ti.
– ¿Esperas que conteste o ya sabes la respuesta?
– Estás preguntándome si soy lo bastante engreído para creer que lo sé. Y no, no estoy seguro. No sabré la respuesta hasta que te haga el amor.
– No estés tan seguro de que vas a hacérmelo.
– Lo haré. Necesito tenerte en mi cama, para ver si es igual que cuando ha ocurrido en mis sueños.
Elise no pudo contestar. Ella también había tenido sueños eróticos en los que su cuerpos se unían.
– Estuvimos muy cerca -murmuró él-. ¿Recuerdas la noche que estuvimos a punto de hacer el amor?
– No habría sido hacer el amor.
– Cierto, pero si hubiera dicho «practicar el sexo» no te habría gustado.
– «Sexo» se acerca más a la verdad.
– Sí. Seamos sinceros. Cuando te abracé, tuve que luchar contra la tentación de arrancarte la ropa y comprobar si tu cuerpo era tan bello como me decían mis sentidos. Era lo que pretendías. Por eso te pusiste ese vestido sin nada debajo.
– Era demasiado ajustado para llevar ropa interior, y tú dijiste que me lo pusiera.
– ¿Y siempre obedeces a los hombres? Lo dudo. Te lo pusiste sabiendo que me afectaría y así fue. Jugaste conmigo -dijo con una sonrisa.
– No del todo -Elise tomó un sorbo de vino y dejó la copa-. No te incité con el fin de rechazarte después, si es lo que insinúas… -hizo un gesto de impotencia-. De repente, me pareció algo terrible.
