Recordaba vagamente que la había besado en la frente antes de irse, un gesto extrañamente formal tras lo que habían compartido.

Cuando Ben se la llevó de Roma, nunca habría imaginado cómo despertaría su primera mañana de vuelta allí, bostezando y estirándose con lujuria.

Llena de vigor, se levantó y fue a la ducha. Desayunó un café y se vistió. Volvía a pensar en Angelo y quería visitar los sitios en los que habían estado juntos, cuando aún creía en los finales felices.

Él tenía veinte años, era un joven guapo y «estudiante pobre», según él, aunque nunca parecía estudiar y siempre tenía dinero. Elise había sospechado que provenía de una buena familia que lo animaba a estudiar y le proporcionaba dinero.

Pero había estado demasiado enamorada para preocuparse por eso. Se amaban y el destartalado apartamento era un paraíso que no compartían con nadie.

Antes de salir de casa, apagó el móvil que le había dado Vincente. Aunque la había afectado, el día era de Angelo, y no quería que la molestaran.

Tenía una docena de sitios que visitar, pero sus pies se encaminaron solos hacia la gran Fontana de Trevi. Seguía siendo tan bella como entonces, un gran semicírculo dominado por la estatua de Neptuno. Allí, Angelo la había animado a lanzar una moneda y prometer que no lo abandonaría nunca. Y ella lo había prometido con todo su corazón.

Fue terrible enfrentarse al recuerdo de esa felicidad. El joven a quien había amado seguía allí, sentado junto al agua, riendo mientras ella lo dibujaba.

Le resultaba fácil captar un parecido y su dibujo había captado su esencia. No sólo su rostro sino su alegría despreocupada. Después transformó el boceto en una acuarela que a él le encantó.

– La enmarcaré y colgaré en un lugar de honor.

Después, la había llevado a la cama y se habían olvidado del mundo. Casi había sido la última vez que fueron felices. Una semana después, había llegado Ben. Elise se preguntó qué habría sido del retrato.



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