– Me temo que no. ¿Era amiga de mi esposo?

– ¿Amiga? ¡Ja! Podría decirse así.

– Entiendo.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Tal vez estaba con él cuando sufrió el infarto.

La mujer soltó una carcajada chillona.

– No, no era yo. Reconozco que esto se le da bien. Fría y sofisticada ante toda esta gente, aún sabiendo lo que todos pensaban.

– Lo importante es que ninguno sabía lo que pensaba yo -replicó Elise.

– ¡Bien por usted! Es dura como el diamante, ¿no?

– Cuando tengo que serlo. Debería tener cuidado -advirtió Elise. Los camareros empezaron a recoger-. ¿Quién es usted?

– Mary Connish-Fontain -contestó la mujer.

– ¿El nombre debería decirme algo?

– Lo hará, cuando acabe. He venido a pedir justicia para mi hijo. ¡El hijo de Ben!

Por el rabillo del ojo, Elise notó que Vincente Farnese se tensaba, aunque no se movió.

– ¿Tenía un hijo de mi esposo?

– Se llama Jerry. Tiene seis años.

Seis. Elise había sido esposa de Ben durante ocho. Pero no le sorprendía la noticia.

– ¿Está diciendo que Ben la mantenía? -preguntó Elise-. No lo creo. He revisado su contabilidad y no hay nada sobre una mujer y un niño.

– No podría haberlo. Rompimos antes de que naciera Jerry. Él… no quería hacerle daño.

Si Elise la había creído antes, dejó de hacerlo. A Ben le daba igual hacerle daño.

– Me casé con otro hombre -dijo Marie-. Pero ahora hemos roto.

– ¿Cómo se llama? -preguntó el señor Farnese, acercándose de repente.

– Alaric Connish-Fontain -contestó Marie-. ¿Por?

– Es un apellido poco habitual. Lo reconocí de inmediato. La bancarrota de su marido fue espectacular. No me extraña que ande buscando dinero.

– ¿Cómo se atreve?

– Disculpe. Su motivación está clara como el agua.

– ¿Qué opinaba Alaric del hijo de Ben? -preguntó Elise.

– Creía que era suyo -Mary se encogió de hombros.



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