
Se libró de sus brazos, se puso la bata y fue a la cocina. Mientras hacía café encendió la radio, a tiempo para oír una noticia que la sorprendió. Regresó al dormitorio con una sonrisa en el rostro. Vincente estaba despierto, recostado en la almohada con las manos tras la cabeza.
– Acabo de escuchar una noticia fascinante -le dijo-. Por lo visto tus negociaciones en Sicilia sufrieron un bache. Te enfadaste tanto que saliste de la reunión y te encerraste en el hotel, donde estás incomunicado. No aceptas mensajes ni contestas al teléfono.
– Tonio lo está haciendo bien -sonrió él-. Es mi asistente y tiene órdenes de ocultar que no estoy allí.
– ¿Cómo conseguiste salir sin que te vieran? -le preguntó, consciente de que lo había hecho para estar con ella, y que él sabía que lo sabía.
– El hotel tiene un pasadizo subterráneo. El coche me llevó al aeropuerto donde esperaba mi avión. Esta noche volveré de la misma manera.
– Buen truco para el negocio. Muy inteligente.
– Sí que lo soy, ¿verdad? -dijo él con seriedad-. Con suerte, cuando regrese, la otra parte se habrá rendido, impresionada por mi negativa a negociar.
– Harías cualquier sacrificio por tu negocio, ¿eh?
– Ven aquí.
Elise llamó a la agencia de limpieza para que no fueran ese día y pasaron doce horas perfectas. No se había creído capaz de una pasión tan recurrente. Era como si un cuerpo nuevo hubiera reemplazado el vacío y desilusionado de antes. Por más veces que la buscara, siempre estaba lista para él. Vibrante.
Se preguntó qué había sido de las creencias que le habían inculcado: que el sexo era una bonita parte del amor y que había que conocerse para disfrutarlo.
Sentía algo muy intenso por Vincente, pero no era amor. El amor era el sentimiento dulce y tierno que había conocido años atrás y que no se repetiría. Se planteó iniciar una conversación para que sus mentes se encontraran, pero cada vez que la tocaba olvidaba todo menos el placer que sabía proporcionarle.
