
No era amor pero sí una nueva vida, de momento, con eso le bastaba.
Finalmente, llegó la hora de su partida. Ella se quedó escuchando la radio que informó del momento en que el «conocido empresario Vincente Farnese había accedido a reiniciar las negociaciones».
Tres días después, telefoneó para decirle que había regresado y preguntar si podía ir a visitarla.
Una vez más, la sorprendió apareciendo con el equipaje. Obviamente, llegaba directamente del aeropuerto.
Elise hizo que se sentara a la mesa, había preparado cena. Él comió despacio, haciendo comentarios sobre su estancia en Sicilia. Todo parecía ser largas reuniones, desayunos de trabajo, jornadas interminables y algunos minutos de sueño robados aquí y allá.
– Soy así -dijo, cuando ella lo mencionó-. Aguanto durmiendo poco y a ratos. Bueno para el negocio.
– Hum. Pues tienes un aspecto horrible -le dijo.
– Gracias.
– De nada.
– Pero sigo siendo capaz de hacer lo importante. Deja que te lo demuestre.
La tomó de la mano y la llevó al dormitorio. Se desnudaron sin preámbulos y se tumbaron. Elise no esperaba que fuera tan fantástico como otras veces, para eso tendría que ser un superhombre.
Pero se esperanzó al sentir sus caricias. Cuando él apoyó la cabeza en su pecho y sus manos dejaron de moverse, sintió una punzada de decepción.
– Vincente -dijo, moviéndolo un poco-. Vincente.
Consiguió ver su rostro y comprendió que sus temores se habían hecho realidad. Estaba dormido.
Al principio deseó gritar de frustración, pero al ver sus rasgos relajados, la invadió la ternura y lo abrazó. Una vocecita en su cabeza le advirtió que eso era peligroso. Podía con el sexo, pero la ternura se parecía demasiado a lo que había sentido con Angelo y se había prometido no volver a sentir nunca. Era una debilidad a la que no se rendiría.
