
– Pero cuando perdió su dinero, de repente Jerry se convirtió en hijo de Ben -dijo Elise con desdén-. No me tome por idiota.
– Diga lo que quiera -rezongó Mary-. Quiero lo justo para mi hijo. Debería ser heredero de Ben y me ocuparé de que lo sea. Tiene una casa lujosa, véndala y déme la mitad. ¿De qué se ríe? -gritó-.Venda la casa -repitió, furiosa.
– No hay casa. Por eso estoy viviendo en un hotel. Ben la vendió. Para obligarme a acompañarlo a Italia.
– Entonces tendrá el dinero. Conozco las leyes…
– Eso no me sorprende -murmuró el moreno italiano-. Una mujer como usted se habrá informado.
– Para defender mis intereses. Marido y esposa son copropietarios del hogar familiar…
– Cierto -corroboró Elise-. Por eso Ben hipotecó la casa al máximo, falsificando mi firma. Después compró una en Italia. Cuando me enteré era demasiado tarde. El dinero había salido del país.
– No me venga con ésas -escupió Mary-. Se casó con Ben por dinero y ha tenido ocho años para ir guardando parte para usted.
Elise estuvo a punto de decir la verdad: que el dinero de Ben le daba igual y que se había casado con él porque tenía pruebas que habrían llevado a su adorado padre a la cárcel. Pero se obligó a callar. Su horrible matrimonio le había enseñado autocontrol.
– No hay dinero. Lo crea o no.
– Hay bastante para vivir aquí -Mary miró el lujoso entorno que los rodeaba.
– No. Me trasladaré a un sitio más económico lo antes posible.
– Vaya donde vaya, le seguiré la pista.
El rostro de Vincente Farnese se transfiguró, parecía poseído por el diablo. Una sonrisa malvada curvó sus labios. Debía de ser un diablo con humor.
– Yo no lo haría si fuera usted -le advirtió a Mary-. Ella tiene corazón de piedra y cerebro de hielo. Le ganará la partida cada vez.
– Hace que suene como una zorra sin sentimientos -rió ella-. Debe conocerla muy bien.
– Tiene razón. Sé lo despiadada que puede ser.
