
Elise lo miró intrigada.
– ¿También lo tiene atrapado en sus garras? -preguntó Mary, malinterpretándolo, tal y como él había pretendido-. Ben me dijo que lo persiguió por su dinero y que le fue infiel.
– ¡Eso es mentira! -estalló Elise-. Nunca perseguí a Ben. Fue él quien me siguió, hasta Roma…
– Como usted pretendía. Lo engatusó -señaló con un dedo a Vincente-. Y usted… estoy segura de que su esposa no sabe que está aquí.
– No estoy casado -replicó él-. El matrimonio nunca me tentó, y me alegro.
– Ella se ha hartado de usted, ¿eh? -rió Mary-. Y ahora a ella no le importa herirle. Nunca le importó.
– Eso es verdad. No sabe hasta qué punto.
– ¿Y qué hace aquí? ¿Espera ganar algo? ¿No ha aprendido la lección?
Vincente se encogió de hombros y contestó con un suspiro que Elise supuso tan falso como su tono abatido. Sin duda era un gran actor.
– Algunas mujeres tienen ese poder. Hacen que los hombres olviden lo malo y mantengan la esperanza.
– Pero yo no soy un hombre. No me rendiré hasta obtener lo que merezco -dijo Mary.
– Así no lo conseguirá -dijo él-. Vuelva con una prueba de paternidad y la señora Carlton no podrá negarle la razón.
– Él está muerto. Es demasiado tarde.
– El hospital donde murió tendrá muestras de sangre -señaló Elise-. Pueden utilizarlas para la prueba.
Eso no pareció tranquilizar a Mary.
– No hace falta -dijo-. Jerry es hijo de Ben, no hay duda. Podemos arreglarlo entre nosotras…
– Váyase ahora, si sabe lo que le conviene -escupió Elise-. No nací ayer. Si no se va…
– ¿Me está amenazando?
– Exactamente -repuso Elise con furia.
– Tendrá noticias de mi abogado…
– ¡Salga de aquí!
Mary, posiblemente asustada, fue hacia la puerta.
– Volveré -amenazó-. No se librará así…
– No -le aseguró Vincente-. Al final la justicia siempre gana, aunque tarde en hacerlo -salió de la habitación con ella.
