– ¿Está bien? -le preguntó al regresar, mirando sus mejillas encarnadas y el brillo de sus ojos.

– De maravilla -afirmó Elise-. Hacía años que no disfrutaba tanto. Ella creía que me rendiría sin más.

– Muy ingenuo por su parte -admitió él, divertido.

– Un minuto más y habría perdido el control y hecho algo que ambas habríamos lamentado después.

– Fue impresionante cómo mantuvo el control. Puro acero. Admirable.

– Gracias. Pero seguro que no se ha ido sin más.

– Le he dicho cómo ponerse en contacto conmigo. Y aconsejado qué hacer -dijo él-. Tardará en volver a molestar.

– Supongo que su hijo podría ser de Ben.

– No. El año pasado publicaron un artículo sobre su esposo: financiero, entregado padre de familia, etcétera. Había una foto de él con su hijo, se parecen mucho. Lo ha intentado porque necesita dinero; olvídela.

Elise empezó a reírse con suavidad y luego estalló, sin poder controlarse más. Tras la tensión y estrés del día, que todo hubiera acabado era un gran alivio.

– Signora? -dijo él con voz suave. La alzó cuando pareció no oírle-. Signora!

– Estoy bien, en serio -consiguió decir ella, aunque su cuerpo aún se estremecía, de risa o de nervios.

– No es cierto. Dista de estar bien. Venga aquí -ordenó él con brusquedad, abrazándola con firmeza de hierro, infundiéndole un mensaje de seguridad y obligándola a relajarse.

Elise pensó que era una locura. No lo conocía y, sin embargo, tenía el poder de calmarla. Debería apartarlo, no seguir en sus brazos. Pero tenía la extraña sensación de que allí estaba su único refugio, que todo iría bien mientras la abrazara.

– Estaré bien cuando me haya calmado -dijo con voz temblorosa-. Tal vez debería irse.

– No la dejaré en este estado. No debería estar sola. Siéntese -la guió hacia una silla, la dejó allí y regresó segundos después con una copa-. Beba esto.



8 из 115