
– Oh, vamos, Holly-dijo Leo, exasperado.
– No puedo evitarlo, Leo. ¡Tú has empezado y ahora no puedo parar! Leo dejó lo que estaba haciendo y la observó con aire divertido. -Siempre he pensado que estabas como un cencerro. No sé por qué nadie me escucha nunca.
Holly rió con más ganas aún.
– Oh, lo siento, Leo. No sé qué me pasa, pero no puedo dejar de reír.
A Holly ya le dolía la barriga de tanto reír y era consciente de las miradas curiosas que estaba atrayendo hacia sí, pero no podía hacer nada para evitarlo. Era como si todo lo que no había reído durante los últimos dos meses le saliera de golpe.
Leo dejó de trabajar y volvió a situarse entre Holly y el espejo, apoyándose en el mostrador para mirarla.
– No tienes por qué disculparte, Holly. Ríe todo lo que quieras, dicen que la risa es buena para el corazón.
– Oh, es que hacía siglos que no me reía así -contestó Holly con una risilla nerviosa.
– Bueno, supongo que no has tenido mucho de lo que reírte -dijo Leo, sonriendo con tristeza. Él también quería a Gerry. Cada vez que coincidían se burlaban el uno del otro, pero ambos sabían que bromeaban y en el fondo se tenían mucho aprecio. Leo apartó tales pensamientos, despeinó juguetonamente a Holly y le dio un beso en lo alto de la cabeza-. Pronto estarás bien, Holly Kennedy -le aseguró.
– Gracias, Leo -dijo Holly serenándose, conmovida por su preocupación. Leo reanudó el trabajo, adoptando de nuevo su divertida mueca de concentración. Holly volvió a reír.
– Vale, ahora ríete, Holly, pero espera a que sin querer te deje la cabeza a rayas. Ya veremos quién es el que ríe entonces.
– ¿Cómo está Jamie? -preguntó Holly, deseosa de cambiar de tema para no tener que avergonzarse de nuevo.
