No había comido desde el mediodía, sin embargo, tampoco tenía hambre. Bebió un poco de agua de vez en cuando y observó el débil resplandor de las estrellas a través de la pesada cubierta que le ofrecían las ramas de los árboles sobre su cabeza. Escuchó atento cualquier sonido, aunque, en realidad, no esperaba que Trahern fuera tras él tan pronto. Sólo se oían los característicos ruidos nocturnos.

Poco a poco, empezó a entrar en calor y el ardiente dolor de su costado se convirtió en un sordo dolor punzante. Su camisa se estaba quedando rígida, lo que significaba que el flujo de sangre fresca había cesado. Ahora era más difícil mantenerse despierto, pero se negó a ceder ante el cansancio. Ya habría tiempo de dormir más adelante, cuando hubiera matado a Trahern.

Al amanecer, se levantó sintiendo una creciente sensación de mareo que amenazaba con hacerle caer y que le obligó a apoyar la mano sobre un árbol para mantenerse en pie. Maldición, debía de haber perdido más sangre de la que había pensado. Cuando recuperó el equilibrio, se acercó al caballo murmurándole palabras tranquilizadoras y cogió algo de cecina de ternera de su alforja. Estaba convencido de que la comida y el agua harían que la sensación de mareo desapareciera más rápidamente que cualquier otra cosa, así que se forzó a sí mismo a comer. Luego, sin hacer ruido, guió al caballo hasta el camino que había abandonado horas antes. Su plan no había funcionado la primera vez, pero estaba seguro de poder conseguirlo en aquella ocasión, ya que Trahern estaría concentrado en seguir los rastros de sangre.

Llevaba apostado sólo unos pocos minutos cuando vio a su perseguidor ascender por la hondonada, pistola en mano. McCay maldijo en silencio consciente de que el hecho de que Trahern fuera a pie significaba que estaba siendo muy cauteloso. Aquel maldito cazarrecompensas tenía un sexto sentido para detectar el peligro, o era el hijo de perra más afortunado que él hubiera conocido nunca.



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