Quizá fuera la forma en que se sentaba sobre la silla, o tal vez incluso el propio caballo lo que despertaba en él una persistente sensación de que había visto o se había encontrado anteriormente con ese hombre en particular, y que no le había gustado lo que había descubierto. Pero no conseguía recordar el nombre de aquel tipo. Los aparejos del caballo no tenían nada de especial y no había nada en sus ropas que llamara especialmente la atención, a excepción de su sombrero negro adornado con conchas plateadas…

Trahern.

McCay dejó escapar el aire a través de los dientes.

La recompensa por su cabeza debía haber subido mucho para atraer a alguien como Trahern. Era conocido por ser un buen rastreador, un pistolero peligroso y un tipo que nunca abandonaba.

Después de cuatro años siendo perseguido, McCay era consciente de que no podía hacer nada precipitado o estúpido. Contaba a su favor con el factor tiempo y la ventaja de la sorpresa, además de la experiencia en ser perseguido. Trahern no lo sabía, pero su presa acababa de convertirse en su cazador.

Previendo que también el cazar recompensas dispusiera de un catalejo, McCay volvió a montar en su caballo y se adentró aún más entre los árboles antes de girar hacia la derecha y dejar atrás una pequeña elevación que se interponía entre él y su perseguidor. Si había una cosa que la guerra le había enseñado, era a saber siempre qué terreno pisaba y, automáticamente, escoger un camino que le ofreciera, siempre que fuera posible, tanto una vía de escape como protección. Podría cubrir su rastro y despistar a Trahern en el bosque, pero había otra cosa que la guerra le había enseñado: nunca dejaba a un enemigo a su espalda. Si no se ocupaba de él ahora, tendría que hacerlo más tarde, cuando tal vez las circunstancias no estuvieran a su favor. Trahern había firmado su propia sentencia de muerte al intentar cazarlo. Hacía mucho tiempo que a McCay ya no le suponía ningún problema matar a los hombres que fueran tras él; se trataba de su vida o de la de ellos, y estaba cansado de huir.



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