
Retrocedió con cautela un poco más de kilómetro y medio, dejó a su caballo oculto tras unas formaciones rocosas y después avanzó a pie hasta que pudo divisar el camino que había recorrido horas antes. Según sus cálculos, el cazarrecompensas pasaría por allí en una media hora. McCay llevaba su rifle en una funda que colgaba a su espalda. Era un arma de repetición que tenía desde hacía un par de años y que le permitía disparar a larga distancia con gran precisión. Se escondió tras un gran pino con una enorme roca en la base y se colocó en posición, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario.
Pero los minutos pasaron y Trahern no aparecía. McCay yacía inmóvil escuchando los sonidos a su alrededor. Los pájaros piaban tranquilos, acostumbrados ya a la presencia de aquel hombre que llevaba tanto tiempo sin moverse. ¿Acaso algo había levantado las sospechas de Trahern? A McCay no se le ocurría nada que pudiera haberlo hecho. Quizá el cazarrecompensas hubiera decidido descansar dejando, como medida de precaución, más distancia entre él y su presa, a la espera de encontrar el momento en que estuviera listo para actuar. Ese era el estilo de Trahern: aguardaba hasta que llegaba el momento oportuno. A McCay también le gustaba actuar de ese modo, pues era consciente de que muchos hombres habían perdido la vida por atacar cuando las condiciones estaban en su contra.
El coronel Mosby siempre había dicho que no había nadie como Rafe McCay preparando emboscadas, ya que tenía una paciencia infinita y sabía esperar. Podía soportar las incomodidades y el hambre, el dolor y el aburrimiento, abstrayéndose y centrando su mente únicamente en el trabajo que tenía entre manos. El hecho de que el sol se estuviese poniendo, sin embargo, le ofrecía otras posibilidades. Trahern podía haberse detenido y haber preparado el campamento para pasar la noche, en lugar de intentar seguir su rastro bajo aquella luz cada vez más escasa.
