
La joven supo de inmediato que era una herida de bala. Había visto las suficientes en Silver Mesa como para haber acumulado una ampliaexperiencia.
De pronto, se dio cuenta de que todavía llevaba puesto su propio abrigo y se apresuró a quitárselo al tiempo que pensaba cuál sería la mejor forma de proceder con su paciente.
– Tiéndase sobre el costado derecho -le indicó mientras se volvíahacia su bandeja de instrumental y cogía todo lo necesario.
El hombre vaciló y alzó las cejas con expresión inquisitiva. Un segundo más tarde, sin mediar palabra, se inclinó para soltar la correa que sujetaba su pistolera al muslo y su rostro se llenó de sudor por el esfuerzo. Se desabrochó el cinturón del que colgaba la pistolera y lo dejó en la cabecera de la mesa de reconocimiento, al alcance de su mano. Después, sin dejar de mirar a la joven, se tumbó tal y como ella le había indicado. Sus músculos parecieron relajarse involuntariamente cuando sintió el suave colchón que Annie había colocado sobre la mesa para que sus pacientes estuvieran más cómodos, luego se estremeció y volvió a tensarse.
Annie cogió una sábana limpia y la extendió sobre su torso desnudo.
– Esto evitará que se enfríe mientras caliento algo de agua.
La joven había añadido carbón al fuego para que ardiera lentamenteantes de salir temprano por la mañana y las brasas resplandecieron, adquiriendo un color rojizo, cuando las removió con un atizador agregando unas cuantas astillas y más madera. Moviéndose con rapidez, fue a buscar agua y la vertió en dos ollas de hierro que colgabande un gancho sobre el fuego, haciendo que la pequeña estanciase caldeara en pocos minutos.
Annie metió sus instrumentos en una de las ollas para hervirlos y se lavó las manos con jabón. El cansancio que había invadido sus piernas y brazos durante el camino de vuelta de casa de Eda quedó olvidado 