mientras consideraba el mejor tratamiento para su nuevo paciente.

Notó que le temblaban las manos y se detuvo para respirar hondo. En circunstancias normales, sus pensamientos estarían totalmente centrados en la tarea que tenía entre manos, pero había algo en ese hombre que la inquietaba. Quizá se tratara de sus claros ojos grises, tan desprovistos de color como la escarcha y tan vigilantes como los de un lobo. O quizá fuera aquel extraño calor que parecía formar parte de él. La razón le decía que tenía que deberse a la fiebre, pero la calidez que desprendía el cuerpo de aquel alto y musculoso extraño parecía envolverla como una manta cada vez que se acercaba a él. Fuera cual fuera el motivo, se le había hecho un nudo en el estómago cuando su paciente se quitó la camisa dejando su poderoso torso al descubierto. A causa de su profesión, Annie estaba acostumbrada a ver a hombres en diferentes estados de desnudez, pero nunca antes había sido tan intensamente consciente del cuerpo de ninguno, ni de aquella masculinidad que amenazaba a su propia feminidad a un nivel muy íntimo. El rizado vello negro que cubría su ancho y musculoso pecho le había recordado que la naturaleza básica del hombre era básicamente primitiva.

Sin embargo, él no había hecho ni dicho nada que fuera amenazador. Seguramente todo estaba en su mente, como consecuencia lógica de la fatiga. El desconocido estaba herido y había acudido a ella en busca de ayuda. Eso era todo.

Con aquel tranquilizador pensamiento, Annie volvió a atravesar la cortina.

– Le prepararé algo de láudano para aliviarle el dolor.

El forastero le clavó aquella clara y glacial mirada.

– No.

La joven vaciló, confusa.

– El tratamiento será doloroso, señor…

El desconocido ignoró el tono interrogante con el que ella acabó la frase, invitándole a decirle su nombre.



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