– No quiero láudano. ¿Tiene algo de whisky?

– Sí.

– Con eso bastará.

– No lo creo, a no ser que beba hasta caer inconsciente, en cuyo caso, sería más fácil si se tomara el láudano.

– No quiero quedar inconsciente. Deme el whisky.

Sabiendo que no podría vencer la obstinación del desconocido, Annie fue a por el licor y vertió una buena cantidad en un vaso.

– ¿Ha comido algo? -le preguntó cuando volvió.

Últimamente, no. -Cogió el vaso, lo inclinó con cuidado y se bebió el whisky en dos tragos. Al sentir el ardiente líquido bajar por su garganta, jadeó y se estremeció.

Entretanto, Annie llenó un barreño de agua y lo dejó junto a la mesa de reconocimiento.

– Voy a lavar las heridas mientras se calienta el agua. -Cogió el vaso, lo dejó en una mesita y después apartó la sábana para estudiar la situación. Las heridas estaban tan cerca de su cintura que los vaqueros suponían un problema-. ¿Podría desabrocharse los pantalones?Necesito más espacio libre alrededor de las heridas.

Durante un momento, él se quedo inmóvil; luego, lentamente, se desabrochó el cinturón y empezó a desabotonarse los pantalones. Cuando acabó, Annie tiró de la cinturilla hacia abajo, dejando al descubierto la piel de su cadera.

– Levántese un poco.

Él siguió sus instrucciones y la joven deslizó una toalla bajo su cuerpo. Después dobló otra y la metió por la cinturilla de los vaqueros paraevitar que se mojaran. Intentó no fijarse en la parte inferior de su abdomen y en la sedosa línea de vello que descendía por su cuerpo, pero se sentía intensa y embarazosamente consciente de la semidesnudez de aquel hombre. Se suponía que un doctor no debía sentirse así.¡De hecho, nunca antes le había sucedido una cosa así!, se dijo reprendiéndose a sí misma mentalmente.



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