
Su primera impresión había sido que su delgadez y aquella mirada cansada tan característica de las mujeres del Oeste, le restaban atractivo. Sin embargo, cuando se había acercado a él, había descubierto la suavidad de sus ojos marrones y el dulce desorden de su pelo rubio, recogido hacia atrás en un descuidado moño, con finos rizos sueltos rodeando su rostro. Entonces, le había tocado y había sentido la ardiente magia de sus manos. ¡Esas manos que le hacían sentirse relajado y tenso al mismo tiempo!
Maldita sea, estaba borracho; ésa era la única explicación.
– Primero aplicaré compresas de agua caliente con sal -le explicó ella con voz serena-. Tiene que estar casi hirviendo, así que no será muy agradable.
Rafe no abrió los ojos.
– Hágalo.
Calculó que Trahern, como mínimo, estaba a un día de distancia, pero cada minuto que pasaba tumbado allí era un minuto que ganaba el cazarrecompensas.
Annie abrió la lata de sal marina, echó un puñado en una de las ollas y usó un par de fórceps para sumergir un paño en el agua hirviendo. Lo mantuvo goteando sobre la olla durante un minuto, comprobó la temperatura con la suave piel de su antebrazo, y luego colocó el humeante paño contra la herida de la espalda.
Rafe se puso rígido y dejó escapar el aire entre sus dientes apretados, pero no emitió ni siquiera un quejido. Annie se descubrió a sí misma dándole unas compasivas palmaditas en el hombro con su mano izquierda mientras mantenía el paño caliente contra su cuerpo con la ayuda del fórceps que sostenía en la derecha.
Cuando el paño se enfrió, volvió a meterlo en el agua hirviendo.
