
– Iré alternando las heridas -comentó-. La sal ayuda a detener la infección.
– Acabemos con esto lo antes posible -gruñó Rafe-. Hágalo a la vez en ambos lados.
Annie se mordió el labio, pensando que él tenía razón, que eso sería lo mejor. Incluso tan enfermo como estaba, aquel hombre tenía una sorprendente tolerancia al dolor. Cogió otro paño y otro par de fórceps, y aplicó las compresas de agua caliente con sal durante la siguiente media hora, hasta que la piel alrededor de las heridas se volvió de un color rojo oscuro y los irregulares bordes de las heridas adquirieron un tono blancuzco. Durante todo el proceso, el desconocido permaneció totalmente inmóvil con los ojos cerrados.
Una vez que consideró que la sal había hecho su función, la joven cogió un par de tijeras quirúrgicas, tensó la piel, y recortó con rapidez la carne blanca. Sin perder tiempo, presionó los bordes de las heridas para que se terminaran de limpiar, y consiguió extraer pus, sangre coagulada y unos cuantos trozos diminutos de tela junto con una fina esquirla de plomo de la bala. Annie no dejó de hablar en voz baja durante todo el proceso, explicando a su paciente lo que estaba haciendo aunque no estuviera segura de que permaneciera consciente.
Después lavó las heridas con una tintura de caléndula para detener la hemorragia y les aplicó aceite de tomillo fresco con la intención de evitar posteriores infecciones.
– Mañana empezaré a usar vendajes de llantén -dijo la joven una vez finalizó su tarea-. Esta noche sólo le pondré emplastos de álsine en dos heridas para que su cuerpo expulse cualquier resto de su camisa que yo no haya visto.
– Mañana ya no estaré aquí -respondió Rafe, haciendo que la joven diera un respingo. Eran las primeras palabras que pronunciaba que había empezado la cura. Annie había tenido la esperanza que se hubiera desmayado, y casi estaba segura de que así había sido. ¿Cómopodía haber soportado aquel dolor sin emitir ningún sonido ni haberse movido en absoluto?
