– No puede marcharse -adujo ella con suavidad-. Creo que no es consciente de lo grave que es su estado. Morirá si esas heridas continúan infectadas.

– He llegado hasta aquí por mi propio pie, señora; así que no debo de estar tan enfermo.

Annie apretó la mandíbula.

– Sí, llegó hasta aquí y probablemente también podrá marcharse aunque esté tan enfermo que muchos hombres en su estado estarían en cama. Pero le aseguro que en veinticuatro horas ni siquiera será capaz de arrastrarse, y que, en una semana, seguramente estará muerto. Por otro lado, si me da tres días, conseguiré curar sus heridas.

Los fríos ojos masculinos se abrieron para estudiar la seria expresión de los oscuros ojos de la joven, mientras sentía que el dolor sordo de la liebre recorría todo su cuerpo. Demonios, probablemente ella teníarazón. Aunque fuera una mujer, parecía ser una doctora condenadamente buena. Pero Trahern todavía iba tras sus pasos y no estaba en condiciones de enfrentarse a un cazarrecompensas.

Quizá su perseguidor estuviera tan enfermo como él, sin embargo, cabía la posibilidad de que no fuera así, y Rafe no se arriesgaría acomprobarlo a no ser que no tuviera más remedio.

Necesitaba esos pocos días de descanso y de cuidados que la doctora le ofrecía, aunque era consciente de que no podía permitirse ese lujo. No allí. Si pudiera esconderse en las montañas…

– Haga esos emplastos de los que me ha hablado -le ordenó.

La grave y áspera voz masculina hizo que Annie se estremeciera y que obedeciera sin pronunciar palabra. Arrancó álsine fresca de las macetas de hierbas que cuidaba con tanto esmero y machacó las hojas antes de aplicarlas sobre las heridas. Luego, colocó gasas húmedas sobre las hojas y vendó las heridas con la ayuda de Rafe, que se había sentado sobre la mesa en la última parte del proceso.

Cuando la joven terminó, él cogió su camisa y volvió a ponérsela por la cabeza.



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