– No se vaya -le pidió la joven con voz llena de preocupación mientras le agarraba del brazo-. No sé por qué cree que debe hacerlo, pero es muy peligroso para usted.

Ignorando la delicada mano femenina, Rafe se quitó la toalla empapada en sangre con la que ella había evitado que se mancharan sus pantalones y bajó de la mesa de reconocimiento. Annie dejó caer la mano a su costado, sintiéndose furiosa e impotente. ¿Cómo podía aquel hombre arriesgar su vida de esa forma después de todo lo que ella había hecho para ayudarle? Y, ¿para qué había acudido entonces en busca de su ayuda, si no tenía intención de seguir sus consejos?

Rafe se metió la camisa por dentro de los pantalones y se los abotonó con calma. Luego, con movimientos igualmente pausados, se abrochó la hebilla del cinturón, colocó el revólver en su funda y volvió a atar la correa de la pistolera alrededor de su musculoso muslo.

Cuando vio que se ponía el abrigo, Annie empezó a hablar precipitadamente.

– Si le doy algunas hojas de llantén, ¿intentará, al menos, mantenerlas sobre las heridas? El vendaje tiene que permanecer fresco…

– Coja lo que necesite -le respondió.

Annie parpadeó confundida.

– ¿Qué?

– Póngase su abrigo. Se viene conmigo.

– No puedo hacer eso. Tengo pacientes que atender y…

Rafe sacó el revólver y le apuntó con él. Annie se calló, demasiado asombrada para continuar y, en medio del silencio, pudo oír claramente el chasquido del percutor al ser levantado.

– He dicho que se ponga el abrigo y que coja lo que necesite -repitió él en untono que no admitía réplicas.

Sus claros y fríos ojos permanecían indescifrables y el pesado revólversu mano no tembló en ningún momento. Sin dar crédito a lo que sucedía, Annie se puso el abrigo, reunió algo de comida, y metió sus instrumentos médicos y varias hierbas en su maletín de piel negra, bajo aquella mirada glacial que observaba cada uno de sus movimientos.



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