
Y allí fue donde su padre la enseñó a nadar. En la finca había también un riachuelo con truchas donde supuestamente tampoco deberían pescar, pero según su padre eso eran tonterías de modo que pescaban… o más bien Phinn fingía pescar porque, incapaz de matar a un animal, siempre las devolvía al agua. Después de pescar, paraban un momento en la terraza del pub Cat and Drum, donde su padre la dejaba tomando una limonada mientras él charlaba con sus amigos. A veces le daba un traguito de cerveza y, aunque a Phinn le parecía horrible, siempre fingía que le gustaba.
Phinn suspiró recordando al soñador de su padre y preguntándose cuándo se habían torcidos las cosas. ¿Había sido cuando el señor Caldicott decidió vender la finca y las granjas que había en ella? ¿Cuando Tyrell Allardyce apareció en Bishops Thornby decidido a comprarla o…?
No, Phinn sabía que había sido mucho antes de todo eso. Sus ojos azules se oscurecieron al recordar un momento, tal vez seis años antes… ¿fue entonces cuando todo se torció para su familia?
Había vuelto a casa después de montar un rato a Ruby y cuando entró en la cocina encontró a sus padres peleándose amargamente.
Sabiendo que no podía tomar partido por ninguno, estaba a punto de salir de nuevo cuando su madre se volvió hacia ella.
– Esto te concierne, cariño.
– Ah, ya -murmuró ella, preocupada.
– Estamos en la ruina -anunció su madre entonces-. Yo traigo a casa lo que puedo, pero no es suficiente.
Hester trabajaba en Gloucester como asesora legal y Phinn nunca se había preocupado por el dinero hasta aquel momento. Ni siquiera había pensado en ello.
– Yo puedo buscar un trabajo -sugirió.
– Tendrás que hacerlo, cariño, pero para poder trabajar necesitas estudiar algo. Yo había pensado en una escuela de secretariado…
– ¡Eso no le gustará! -exclamó su padre.
– Todos… o casi todos tenemos que hacer cosas que no nos gustan -replicó ella.
