La discusión había aumentado de volumen hasta que Hester Hawkins sacó el as que guardaba en la manga:

– O Phinn se pone a estudiar o tendremos que deshacernos de Ruby. Nosotros ya no podemos mantenerla.

– Venderemos algo -insistió Ewart.

– Ya no nos queda nada que vender -le espetó su mujer-. ¿Cuándo vas a crecer de una vez?

Pero ése era el problema: su padre no había crecido nunca porque nunca había visto razón para hacerlo y Phinn estaba de acuerdo. Sus ojos se llenaron de lágrimas entonces. Porque había sido el Peter Pan que vivía en aquel hombre de cincuenta y cuatro años lo que había provocado su muerte.

Pero no quería pensar en lo que ocurrió siete meses antes porque ya había llorado más que suficiente.

De modo que intentó recordar momentos más felices. Aunque no le gustaba estar lejos de la granja durante tantas horas mientras iba a la escuela de secretariado, se había aplicado mucho y después, más por el salario que por interés personal, había buscado trabajo en una empresa de contabilidad. Aunque su madre tenía que llevarla en el coche a Gloucester cada día.

Por las tardes volvía a casa en cuanto le era posible para ver a su querida Ruby. Su padre le había enseñado a conducir y cuando su madre empezó a hacer horas extras en el despacho fue él quien sugirió que comprase un coche.

Hester estuvo de acuerdo, pero insistió en que ella se encargaría de comprarlo. No quería que su hija acabase conduciendo algún viejo cacharro que Ewart hubiese encontrado en cualquier parte.

Phinn tenía la impresión de que su abuela materna había puesto el dinero para el coche. Y seguramente, pensó entonces, sus abuelos los habrían ayudado muchas veces cuando ella era pequeña.

Pero todo eso había terminado unos meses antes, cuando su madre anunció que se iba de casa porque había conocido a otra persona.

– ¿Quieres decir… a otro hombre?



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