– ¡Le repito que estamos completos! ¡Váyase!

Desde el extremo opuesto del cobertizo, Edwin escuchó la discusión con interés creciente. Vio al extraño con heno en el sombrero y en los hombros, vio que otra carga de la horquilla llovía desde la compuerta, oyó la mentira evidente de su hija y decidió que era hora de intervenir.

– ¿Qué está pasando aquí?

Se hizo silencio, sólo quebrado por el martillo de un herrero, en otro punto de la calle.

Jeffcoat se dio la vuelta y encontró a un hombre robusto enmarcado en la entrada, con los brazos en jarras, poderosos, asomando por las mangas enrolladas y el pelo del pecho por el cuello abierto de la camisa de franela roja desvaída. Los pantalones negros estaban metidos en unas botas a media pierna y unos tirantes a rayas enfatizaban su figura musculosa. Tenía el cabello negro revuelto, veteado de gris, un espeso bigote negro, ojos azules y una boca parecida a la de la muchacha.

– ¿En qué puedo ayudarlo, señor…?

Jeffcoat se sacudió el heno de los hombros y golpeó el sombrero contra el muslo. Se adelantó y extendió una mano:

– Tom Jeffcoat es mi nombre. Sí, hay algo en que puede ayudarme. Me gustaría dejar mis caballos unos días, si puedo.

– Me llamo Edwin Walcott. ¿Existe algún motivo por el que no debería dejarlos?

– No, que yo sepa, señor.

– ¿Qué es eso acerca de usted y el pie descalzo de mi hija?

– Ella estaba subiendo la escalera y yo, de manera accidental, tratando de detenerla, le quité una bota.

– ¡Emily! -Walcott torció la cabeza hacia el henil-. ¿Es eso cierto?

– Sí -exclamó, en tono obstinado.

– ¿Este sujeto intentó hacer algo que quieras contarme?

Emily dio un puntapié a un montón de heno y lo hizo revolotear, pero no respondió.

– ¿Emily?

Mortificada, fijó la vista en el heno, apretó la boca más fuerte que un nudo marinero y manoseó el pulido mango del tridente como si estuviese aplicando linimento a la pata de un caballo. Por fin, fue a zancadas hasta la compuerta del henil. Con los pies separados y rascando con los dientes del tridente en el suelo de pino, afrontó la mirada del padre vuelta hacia arriba.



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