– Vino aquí y se puso a parlotear sobre los caballos, y de cómo tendría que haber amarrado a Sergeant: se tomó la libertad de examinarle el casco y darme consejos sobre cómo curarlo. Me puso furiosa, eso es todo.

– ¿Y por eso has rechazado la transacción?

El orgullo la obligó a guardar silencio.

– No tuve intención de faltarle al respeto -interrumpió Jeffcoat, apaciguador-. Pero debo admitir que estuve provocándola, y cuando entré, cometí el error de creer que era un muchacho. Me parece que eso la irritó, señor.

Walcott se volvió y se mordió la parte interna del labio para no sonreír.

– Entre en la oficina. Ahí es donde hacemos negocios. ¿Cuántos días dejará a su yunta aquí?

En vez de seguirlo de inmediato, Jeffcoat se paró bajo la escalera y alzó la vista hacia la muchacha que lo miraba ceñuda, desde arriba.

– Seguro, una semana, quizá más.

Sabía, sin lugar a dudas, que la chica debía de tener ganas de lanzarle la horquilla a la cabeza. Pero permaneció quieta, aferrando el mango con ambas manos y mirándolo con odio silencioso.

– Buenas tardes, señorita Walcott -dijo con calma y, tras alzar el sombrero en señal de saludo, siguió al padre.

Walcott lo guió por una puerta hasta un cubículo adosado al costado este del cobertizo, un cuarto pequeño con suelo de hormigón irregular y ventanas con cuatro pequeños paneles de cristal, dos que daban a la calle y, las otras dos, al solar vacío. Al atardecer, la oficina debía ser luminosa pero en ese momento, a mitad de la tarde, estaba fresca y sombreada. Había un escritorio lleno de cicatrices al que le faltaba la cortina corrediza, con los compartimientos desbordantes de papeles sobre la tapa polvorienta, atestada de anillos de bridas, frenos acodados, clavos de herraduras, martillos para tachuelas, linimento de caballo y un plato blanco con unos guisantes verdes y un mendrugo de pan seco pegado en un charco de salsa coagulada.



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